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El sindrome del copiloto

Publicado por en Blog, Comunicación

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Me gusta conducir. No es una frase publicitaria, en mi caso es cierto. Y me gusta tanto en coche como en moto. Especialmente en la moto, obviamente. Cuanto más rato, cuantos más kilómetros, mejor. Pero he dicho que me gusta conducir, no que me guste viajar por carretera. Porque no es lo mismo. No es que me guste ir en coche, o ir en moto porque si. Lo que me gusta es conducir. Ponerme al volante o agarrar el manillar. Acelerar. Sentir la carretera. Tumbar. Frenar. Sentir cómo el motor reacciona a mis indicaciones. De hecho, cuando no soy yo quien conduce, o en las rarísimas ocasiones en las que he circulado de paquete en moto, voy nervioso.

Todo me parece brusco, creo que vamos demasiado cerca del arcén, o que pasamos muy cerca de los bordillos, que frenamos demasiado tarde, o demasiado pronto, o innecesariamente, o que vamos muy lentos, o muy rápidos, o demasiado en el centro del carril o…. ¿lo pillas? en realidad lo que me pasa es que, como no soy yo quien está a los mandos, todo me sorprende, me falta contexto, información, y tiro por lo fácil y digo/pienso que está mal. No estoy preparado para ser copiloto.

Estoy mucho más cómodo – y me resulta más gratificante – ser quien tiene el control, quien marca la trazada y define la velocidad, quien toma las decisiones y reacciona a los imprevistos. Con mis parámetros. En mis tiempos. En función de mis habilidades, conocimientos adquiridos y experiencia. En la carretera y en la vida.

Si, también en la vida. Porque también es un viaje. Igual que la comunicación.Otro viaje, aunque en este caso lo sea de percepciones. De ser visto de una forma o ser reconocido de otra.

Lamentablemente, en ese viaje demasiadas personas – o marcas – van sentadas en el asiento del copiloto. Y van inseguras, quejándose y siendo sorprendidas en cada frenazo, en cada curva y en cada aceleración. Que si internet esto, que si las redes lo otro, que si fíjese usted lo que están diciendo de mi, que si claro, es que a la gente no hay quien la entienda.

Pero tampoco se ponen al volante. Porque es mucho más fácil quejarse, dejar que sea otro quien conduzca su coche y justificarse en lo que hacen los que van por esa misma carretera o en “lo difícil” que lo tienen, que definir un destino, buscar una ruta y ponerse a conducir.

Si tienes claro donde quieres llegar – y si no lo tienes, ESA y no otra es tu primera tarea a completar – no hay nada mejor que ponerse a los mandos y pilotar la nave. Asumir responsabilidades y hacerse dueño del propio viaje. Disfrutar de la conducción y del paisaje, adaptando la velocidad y el estilo de conducción a la carretera, las condiciones meteorológicas y al tráfico. Porque – al menos yo – incluso en los viajes más duros – y he viajado mucho – cuando llego a destino lo hago con una sonrisa pintada en la cara. Y unos cuanto gramos más de experiencia que me servirán para futuros viajes.

Nos vemos en la carretera.

Paz!

L.

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