Justo lo que yo quería

Escribo esto el día de mi cumpleaños, recién llegado de comer en casa de mis padres con mis hermanas, los sobrinos, mi cuñado y mi mujer. Tras recibir, literalmente, cientos de mensajes de felicitación, alguna que otra llamada telefónica – cada vez quedamos menos que llamamos, eh! -, videollamadas, unos cuantos besos, abrazos – especialmente agradecidos en estos tiempos – y varios regalos, todos ellos muy acertados.

Cada mensaje, cada llamada, cada interacción, cada momento compartido, me ha hecho ilusión. Mucha ilusión. Y eso que no soy muy de celebrar cumpleaños. Será que me hago mayor, qué sé yo. Pero es que cada contacto era relevante, positivo, cariñoso, aportándome algo, haciéndome sentir mejor tras leerlo/verlo/escucharlo.

Ahora compara eso con los mensajes que lanza tu marca. A granel. A bulto. A ver si cuela. A ver si alguien se equivoca, te lee y hace click. Interrumpiendo. Con mensajes mal construidos, irrelevantes, dejando mal sabor de boca y una sensación cada vez mayor de desconexión. Porque en demasiadas ocasiones los lanzas porque a ti te interesa lanzarlos, no porque a los destinatarios les haga ilusión recibirlos o les vayas a aportar algo.

La diferencia es brutal. Que el driver del disparo sea tu interés vs el de quien lo va a recibir es el mayor abismo existente en la comunicación de marca a día de hoy. Es la primera brecha a cerrar. Ser relevante. Interesar. Que quieran recibir nuestros mensajes. Que hasta les haga ilusión recibirlos. Y para eso hace falta cambiar muchas cosas y asumir otras tantas. Desde que es imposible tener esa relación con todo el mundo, hasta que no puedes intentarlo con mensajes estandarizados. Y sobre todo, que has de hablar de tú a tú, no desde una posición de superioridad.

Obviamente, volviendo al paralelismo con mi cumpleaños, no todo el que me ha felicitado es «mi mejor amigo». Pero con todos ellos tengo algo en común, algo que nos une, algo que hace que mantengamos un cierto nivel de relación, independientemente de su edad, profesión, ingresos, género, ciudad de residencia o idioma, que se mantiene vivo durante todo el año. Quizás seamos amigos desde la infancia (tengo la suerte de aún conservarlos!), o nos hayamos encontrado en algún momento de nuestras vidas. O a lo mejor comparto con ellos la afición por las rutas en moto o las salidas al monte, la pasión por el esquí, la bici de montaña, o la buena mesa. O igual simplemente intercambiamos likes y comentarios en nuestras publicaciones en internet. Con alguno puede que incluso ni nos hayamos visto nunca en persona. Pero sentimos que tenemos un cordón umbilical que nos une.

No es fácil, lo sé. Estamos comparando personas con marcas y son dos cosas diferentes. Empezando porque la marca «tiene» que crecer y vender y yo, en mi vida personal, no. Pero es que a lo mejor también radica ahí parte del problema. Que la venta y el crecimiento sea el objetivo y no la consecuencia. Porque a lo mejor estamos tocando en la puerta equivocada, el día equivocado, con el regalo equivocado. Y eso no se puede comparar a que te llame gente a la que aprecias, el día de tu cumpleaños, y que los tuyos te regalen justo lo que tú querías. Y que el resto del año quieras seguir sabiendo de ellos. De todos ellos.

Pero es que eso es a lo que deberíamos aspirar. Todos. Personas y marcas por igual. Esa debería ser la norma.

Paz!

L.

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Lucas

Mi nombre es Lucas. Generación del 71. Soy Harlysta, esquiador y eMTBiker. Trabajando en el mundo del Marketing y la Comunicación desde 1994. Por cuenta propia desde 2006, ayudando a las marcas a (re)conectar con sus clientes. Y eso suele incluir repensar mensajes, beneficios, textos, estrategia de marca, canales, audiencias y formas de contarlo. Con un gran peso de todo lo digital, como es natural en estos tiempos.

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