Hace ya tiempo (2019) dije que no me preocupaba tanto el compartir información personal con la tecnología del momento, sino quién estaba detrás de esa tecnología y el uso que luego hacía de mi información. La explosiva implantación de la IA “a nivel de usuario” en los últimos meses no hace sino validar ese pensamiento.
Sam Altman describía el “platonic ideal state” de GPT como un “modelo con acceso a toda nuestra vida”. Zuckerberg recomienda dar acceso a la IA de Meta a nuestro Facebook e Instagram, “para tener una experiencia personalizada más fuerte”. Y la IA de Google ya tiene acceso a casi toda nuestra vida (a través de Gmail, Gmaps, Gdrive…), salvo que se lo hayas negado (e incluso en ese caso, tengo mis dudas de que no lo use o haya usado), y hace uso de esa información, hasta un nivel que casi asusta.
En el post que enlazaba en el primer párrafo ya decía que no tengo problema en dar acceso a datos personales a la tecnología, tengo problemas en que se haga uso de ellos para cosas distintas a aquellas que yo quiero. Pero claro, mi modelo de negocio ideal y el de los propietarios de la tecnología, son incompatibles. Yo querría hacer uso de ella en un entorno local, aislado, seguro, no compartido, y ellos quieren justo lo contrario, acceso total, sincronización instantánea, almacenamiento en la nube sin capacidad de borrado, capacidad de segmentado y perfilado, y comercializar con ello. A mí no me importa pagar un precio – de hecho, lo hago -, ellos quieren que el precio seamos mis datos y yo.
El problema es que, si miramos por el retrovisor el impacto de muchas de las evoluciones tecnológicas vividas en la historia reciente de la humanidad, todas ellas vienen con su correspondiente peaje.
Somos una generación obesa, enferma, inflamada, medicada, inactiva, desconectada de la naturaleza y sus ritmos, absorbida por las pantallas, sin capacidad de concentración ni atención, y dependiente de la tecnología. Y ahora parece que nos encaminados gustosos y en formación a externalizar nuestra capacidad de pensar, y a poner en manos de grandes corporaciones nuestras decisiones y pensamientos, incluso nuestra salud mental, un ejemplo más de la trampa del confort (te recomiendo muy fuerte su lectura)
¿Nos puede ayudar la tecnología? Indudablemente sí. En un montón de aspectos.
¿Debemos entregarnos a ella sin frenos para todo en nuestro día a día? Indudablemente no. O al menos no lo recomiendo.
Cada acta de reunión que genera automáticamente, cada propuesta que redacta por ti, cada análisis que ejecuta, cada pregunta que le lanzas, es un punto de dato que se añade a algún sitio al que no tienes acceso ni control. ¿Es cómodo? Claro que sí. Comodísimo. ¿Es eso motivo suficiente para abrirle de par en par las puertas a temas íntimos, delicados o confidenciales? Eso ya te toca pensarlo y valorarlo a ti, pero piensa que, igual que se filtran de vez en cuando datos personales, claves de acceso, conversaciones o mensajes privados, esto se acabará filtrando algún día o se comercializará con ello. Pensar que no es caminar con una venda en los ojos. Ya pasó con los datos de ADN que 23andme nunca iba a vender, hasta que quebró, y con los datos de tu ciclo menstrual si usas una app para trackearlo. Si te aparecen anuncios de chocolate cuando tienes la regla, o de cosméticos cuando estás ovulando, ya sabes por qué podría ser. No es casualidad. Es su modelo de negocio.
¿Empezaremos a ver anuncios de líneas de financiación después de que en una reunión de trabajo discutamos la cuenta de pérdidas y ganancias, la subida de costes de importación o la bajada en ventas del último trimestre? No es descartable. ¿Anuncios de empresas de packaging tras la reunión en la que se da el ok al lanzamiento de ese nuevo producto en el que llevas trabajando unos meses? Por qué no. ¿Ofertas para un viaje cuando le contemos que nos sentimos sólos o quemados? Tiempo al tiempo.
¿Es “sano” que toda esa información esté en manos de 4 empresas a nivel mundial, con memoria, capacidad de procesado y comercialización de la misma? Supongo que decir que no sonará a utopía retrógada. A SeñorMayor discutiendo con las palomas. Porque es tan cómodo que la IA haga todo por nosotros, que habría que ponerle alfombra roja, y no ponerle límites, verdad? Barra libre, que es progreso!
Unos pocos serán capaces de usar esta tecnología para potenciar sus habilidades y serán capaces de hacer las cosas mejor, más rápido y con más profundidad. La mayoría se limitarán a tapar sus deficiencias con IA, y “harán” cosas que no saben hacer, presentarán cosas que no entienden, y defenderán propuestas que no saben de dónde salen ni qué impacto tendrán. Con la ilusión de ser mejores, sin ser conscientes de que en realidad son cada vez peores.
Lo que no usamos, se acaba atrofiando. En este caso, la capacidad de pensar y razonar por nosotros mismos. Igual que pasó con la de recordar teléfonos y la de orientarnos. Total, ya los recuerda el móvil y nos lleva el GPS, no? Hasta que se quedan sin batería y nos convertimos en zombies desamparados. Porque la comodidad, como cualquier otro hack, atajo u “optimización”, siempre nos acaba cobrando su peaje.
No avanzar con el ritmo de los tiempos también, no me malinterpretes, que no propongo volver a vivir en cavernas y salir a cazar mamuts. La tecnología es una palanca en la que apoyarnos para avanzar. Como individuos y como sociedad. Pero no está de más recordar que la historia ya nos ha demostrado que no todo avance es siempre un paso hacia delante para todos los “implicados”.
¿O debería decir “salpicados”?
Mmmm…
Paz!
L.
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