Hoy hasta el más tonto tiene un avatar digital creado con IA. O lo puede tener. Una copia perfecta de su cara, sus gestos y su voz, que no se cansa, no duda, no come, no bebe, y que se dedica sin descanso a predicar en su nombre. La multiplicación de los panes y los peces, versión digital. Miles de versiones de ti mismo y de tu mensaje volando por internet, con la dosis perfecta de personalización para cada perfil de audiencia, captando negocio, respondiendo preguntas y contestando comentarios en automático.
Un escenario que, además de espantarme, cada vez deja de ser menos utópico y pasa a ser más plausible, pero que nos acerca a la predicción de que cualquier cosa que veamos a través de una pantalla puede no ser real, aunque nuestros ojos se empeñen en decirnos que lo es.
Una vez más, dinamitamos otro de los principios de la comunicación – el de la confianza – en aras de una optimización que potencia un eje – el de la personalización – a costa de su contrapuesto – el de la autenticidad, ya que una misma persona no debería poder decir una cosa y la contraria con tal de agradar a su interlocutor -, pensando que el producto final será mejor que el actual.
Y puede que lo sea, para sorpresa de muchos. Al menos, para los de mi generación. Porque según Sprout Social, tan sólo un 35% de los Gen Z valoran la autenticidad del influencer de turno, a ellos lo que les importa es que sea “creíble”, que en un ejercicio libre de interpretación, traduzco como “que piense como yo”. Sea una persona o no, que eso parece que les da igual, ellos lo que quieren es un refuerzo de su burbuja.
Esto nos abre las puertas a un mundo como poco peligroso. Y no me refiero sólo a los deepfakes capaces de engañar a miles de personas. Hablo de que se vienen ejércitos de avatares virtuales creados con IA y controlados por marcas o agencias, como si se tratara de la evolución de las granjas de teléfonos dando likes a contenidos, capaces de regalar los oídos a miles de usuarios zombificados por las pantallas. Algo que ya podemos ver en acción en comunicación política, con cientos de perfiles falsos difundiendo “el mensaje”, sembrando narrativas, difundiendo bulos, malmetiendo, incitando y provocando. Y así estamos de crispados, porque la población general muerde el anzuelo y patalea.
Desde hace unos meses se está “subiendo el volumen” a la promoción del UGC, el User Generated Content, como alternativa económica para la generación de contenidos para marcas sin equipos propios de contenido o presupuesto para pagar a influencers. El sistema es tan sencillo como captar a usuarios reales anónimos, da igual que tengan seguidores o no, para que hagan reviews y recomendaciones de productos – previo pago – de manera que las marcas puedan seguir publicando contenido en sus perfiles propios, sus anuncios o su web, revistiéndose del aura de ser una marca prescrita.
Pero esto no es más que la antesala del UGC virtual porque, en realidad, ¿qué diferencia hay entre un usuario “anónimo”, real pero al que no conozco, y un usuario virtual? Vista la evolución de la tecnología – cada vez más realista -, de las redes – cada vez menos sociales y en las que consumimos el contenido que nos sirve el algoritmo en lugar del de nuestros contactos/amigos – y nuestra capacidad de atención – menguante a marchas forzadas – poca, muy poca, por no decir ninguna. Y desde el punto de vista de la marca, esa opción le asegura el control absoluto del mensaje, al que le introducirá el nivel de personalización deseado en función de dónde luego le quiera dar visibilidad, y la capacidad de uso infinito del mismo. No es casualidad el lanzamiento de Sora (openAI) y de Vibes (Meta), con un feed exclusivamente de contenido generado por IA, para que lo vayamos normalizando.
Vale que en ese caso, de las 3 letras de UGC tan sólo la C sería real, salvo que consideremos escribir el prompt como “crear el contenido” pero, ¿a quién le importa eso? Parece que cada vez a menos gente.
No sé a ti, pero a mí esta deriva que está tomando el mundo del marketing y la comunicación cada vez me gusta menos. Puestos a engañarme, prefiero que sea Snoopy, Scooby Doo o el pato Donald el que me quiera convencer de que me compre un producto, a que lo intente una película de video realista que finge ser una persona. Me da igual que luzcan tan bien como Aitana o Alba, no sé hasta qué punto alguien podría fiarse de sus consejos de fitness y belleza si al avatar jamás le ha dolido una rodilla, ha tenido granos o se ha sentido hinchada. No sé Rick…
Creo que se abre ante nosotros una escisión clara en el futuro cercano.
Marcas que apuestan por esa ruta de la virtualización, la automatización y la presencia constante y masiva en canales digitales, haciendo uso de todos los medios a su alcance con el objetivo de la optimización y el crecimiento, aunque eso suponga pisar algunas líneas rojas, y el de marcas con el foco en otros valores, resaltando su cercanía y autenticidad en sus acciones y mensajes, e incluso en sus productos y procesos, haciendo del nicho virtud y de la comunidad bandera.
Sólo uno de los dos bandos estará poniendo realmente el foco en sus clientes, aunque las dos dirán que son ellas.
Te tocará decidir a ti quién dice la verdad y quién sólo te dice lo que quieres oír.
Y si eso te importa.
Paz!
L.
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