En un mundo tan digitalizado como el actual, y con las perspectivas de que aún se digitalice más, el offline se está convirtiendo en el nuevo lujo, en el nuevo refugio.
No sólo como momento de descanso y desconexión de señales, notificaciones y estímulos, sino incluso como indicador de éxito (puedo permitirme desconectar) y de poder (soy yo quien defino mi agenda). Y cada vez más, con una derivada adicional si lo miramos desde el punto de vista de marcas y creadores: vector de construcción y fortalecimiento de comunidad, e indicador de influencia real.
Y es que lo que ahora llamamos influencia, la que asociamos a los influencers, al ser digital es absolutamente manipulable. Se compran seguidores, se compran likes, se compran comentarios, se compran visualizaciones… en definitiva, todas las señales digitales que conforman la burbuja de la influencia son susceptibles de ser falseadas.
Pero cuando esas interacciones las conviertes en presencia, se reducen enormemente las posibilidades de mentir. Sigue siendo posible (el clásico “autobús + bocadillo” de los políticos para llenar sus mitins de campaña), pero cuando una marca genera colas en todas y cada una de sus aperturas o lanzamientos, un influencer congrega multitudes en sus quedadas, o una actividad está en sold out constante, es que ahí hay algo, ahí hay sustancia.
Lo digital quizás nos ha malacostumbrado a ver números gordos constantemente, y no verlos lo consideramos casi un fracaso. Cuando “sólo” 1.000 personas ven una publicación en Instagram, en Linkedin o donde sea que la lancemos, casi que nos sentimos frustrados. Pero ver a esas 1.000 personas en vivo y en directo, delante tuyo, en un evento, una charla, una quedada, una apertura o lo que sea, nos devuelve a la realidad. 1.000 personas (o 500 personas, o incluso 100 personas) son MUCHAS personas. Y no todo el mundo, no todos los influencers, no todas las marcas son capaces de congregarlas. Porque no es tan fácil.
En situaciones así se demuestra quién arrastra y quién sólo frontea. Quién influye y quién sólo finge influir. Quién se conforma con photoshopear una lona gigante en Callao, y quién es capaz de colapsar Callao. Que no es lo mismo.
Y en un mundo como el que se nos viene encima, en el que no vamos a poder creer nada de lo que veamos en pantalla, este tipo de acciones volverán a ser clave.
Porque los humanos, seamos conscientes o no, buscamos el contacto humano, buscamos una tribu a la que pertenecer, un colectivo en el que integrarnos, un culto que profesar. Esa es la idea detrás de religiones, deportes de masa, modas y culturas. Ese es el santo grial al que muchas marcas aspiran. Ser capaces de generar un movimiento.
Y eso no se consigue sólo con videos generados con IA.
Ahí (léase AI) en demasiadas ocasiones falta poso. Falta alma. Falta propósito.
Falta humanidad.
Y cuando lo quieres volcar a la realidad, flojea.
Porque una cosa es dar like, y otra muy distinta es salir de casa, cruzar la ciudad, hacer cola bajo la lluvia y presentarse en el punto de encuentro.
Si consigues que a alguien le compense toda esa incomodidad, es que tienes verdadera capacidad de influencia.
Así que olvídate de likes, de views y de impresiones, y pregúntate esto: ¿cuánta de esa gente vendría si mañana les llamaras a hacer algo fuera de la pantalla?
Esa es la prueba del 9 de tu influencia.
Lo demás, ruido.
Egometrics.
Paz!
L.
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